...porque los que saben contar historias pueden cambiar el mundo. Y aquí tenemos los bolsillos llenos de ellas.

(Amaranta)

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...no sé contar las cosas intangibles, pero puedo enumerar todas las que se me quedan en la piel.

(Estrellada)

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... y las arenas atrapahombres, y el sabor a sal, origen de todas las cosas.

(MA)


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domingo, 31 de marzo de 2013

LOLA (génesis)


Como terapia de choque me piden que dibuje a Lola, me piden que haga un molde de porexpan, que lo rellene con la materia infinita de los sueños y que acuñe a Lola.  Me lo piden como quien pide un segundo terrón de azúcar, y no es tan fácil, sobre todo cuando a mí me gusta el café bien amargo.

Para empezar si ves a Lola en la distancia es una mezcla entre Audrey Hepburn y Mónica Bellucci; poca chicha pero bien repartida. Cuando se acerca caminando lo hace flexionando un poco las rodillas en cada paso, como las modelos de pasarela pero sin llegar a parecer un pato anoréxico. Un andar seguro y pausado, con un vaivén perfecto de caderas. A veces casi levita como esas sumisas geishas japonesas, otras parece que esté bailando merengue como las mulatonas dominicanas; debe ser por algún cambio de humor repentino.

Ya sabemos que tiene el culo alto y la piel caribe. No es un culo enorme de Pachamama latina ni una piel tostada a fuego lento. Respingón y canela podrían ser dos buenos adjetivos.




Ojos grandes que todo lo ven, que saben mirar a través de la piel. Ojos verdes. A veces obscuros y otras de un transparente casi felino. Lo esencial es invisible a los ojos, le reveló hace mucho tiempo un príncipe francés -amariconado e infantil- que andaba de planeta en planeta con una bufanda al cuello esperando a una bandada de pájaros migratorios que le llevaran de retorno a su casa.

Con la medida justa para parecer dominable en la cama pero sin llegar a serlo. Para concretar: elástica  como si los huesos pudieran ser cartílagos a su antojo y pudiera crecer y menguar como los ciclos de la luna.

Dos lombardas sobre el pecho, una a cada lado, ligeramente caídas hacia arriba. Pezón grande de rosetón moreno, en verano (sin sujetador y con mi camisa blanca) está de puta madre.

Acento cálido y goloso. Si ella quiere puede morder cuando te habla, pero lo hace de una manera tan delicada que ni te duele, ni te enteras. Es europea pero me apuesto una botella de Don Perignon a que aprendió el español cruzando los Atlánticos en un caballo de mar, entre los versos de Benedetti y las canciones de Jorge Negrete.




El despertador de su teléfono suena cada mañana con una canción premonitoria: Put the Blame on Mame, Gilda quitándose el guante izquierdo varias veces en un bucle infinito. No sabemos todavía si ha ensuciado su piel con un tatoo, seguramente que sí, pero de una manera discreta, ¿en una nalga quizás? ¿en un tobillo? No, ahora recuerdo, en la parte de atrás de sus hombros, debajo de la nuca, hay escrito con letra itálica un verso: heart is my favorite bitch. Es difícil verlo porque su media melena se lo tapa, solamente durante poco más de un cuarto de hora se puede leer, es cuando se recoge el pelo en un moño y se ducha antes del desayuno, luego se pinta las uñas del color de su estado de ánimo y vuelve a taparlo durante veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos.

Pero, y aquí viene lo más importante, lo exterior es lo que menos cuenta, éstos son pormenores insignificantes Lo que realmente me tiene obsesionado es su interior, lo que me intriga/fascina/preocupa/inquieta/es aquello que guarda dentro de su cabeza o de su alma, si es que pudiera llegar a tener alma.



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sábado, 9 de febrero de 2013

CUENTO DE SABADO





Son las dos de la tarde y sale del apartamento caminando lentamente. Aunque primero hay que dar un vistazo rápido para tenerlo todo en orden. Sillas, cojines, cuadros, espejos. Todo en su sitio. Todo en su caos particular. No quiere dejar testigos, quizás los únicos que podrían decir algo serían el cenicero y la botella de ron, es mejor si coloca unas colillas y un vaso a medio llenar en la escena. Y el equipo de música sonando a todo trapo en modo repeat, Janis Joplin estará eternamente cantando con esa voz que incita al suicidio.

Luego, en la calle, continua caminando lentamente, sin movimientos bruscos, y a la misma vez que se aleja del Café Fresa y Chocolate repasa con detenimiento todo lo que se cruza por delante de sus ojos:

Una pareja de ancianos plantados en medio de la calle que le dicen sin abrir la boca “¿señor-nos-puede-dar-unas-monedas-para-subir-a-la-guagua-que-nos-lleve-hasta-el-Colón?”

Una vieja jinetera que en los años de bonanza saltó hacia el norte y trabajó de lo único que había aprendido. Ahora cuenta que fue la escort mejor pagada de Miami, hasta que llegaron aquellas portorriqueñas teñidas de rubio, pechugonas y con un litro de botox en los morros.

Dos maricas de bigote y guayabera blanca impecable que se recitan mutuamente versitos de Carilda Oliver y Reinaldo Arenas, el primero que pierda turno le tocará ser esa noche el pasivo. En realidad ninguno de los dos tiene miedo a perder.

Las tres y media y casi está llegando a su destino, no puede caminar deprisa porque lleva un clavo guardado entre los dientes y tiene miedo a tragárselo. Bajar toda la Avenida 23 le ha tomado un buen rato pero ahora ya tiene el Malecón a dos pasos, lo huele, lo presiente. En cuanto pone un pie encima del murete de cemento empieza su ritual: baja hacia las piedras, elige una bien planita y despejada, se quita la ropa, toda la ropa, se queda en pelotas y se tiende boca arriba mirando el cielo.  Las cuatro menos cinco y ya está preparado. Las cuatro en punto y comienza a diluviar con esa puntualidad Caribe de todos los aguaceros. En el verano llueve en La Habana cada tarde a las cuatro, sin falta.

Ahora ya está empapado desde los pies a la cabeza. Entreabre la boca y deja asomar la mitad del clavo que sujeta con la lengua apuntando hacia arriba, hacia el cielo. Necesita que un rayo le atraviese el alma desde que la vio tomar una copa de tinto y apagar un cigarrillo en aquel cenicero de latón, necesita que un rayo le parta en dos trozos desde que ella le dijo que el corazón es su puta preferida.


Si hoy no tiene suerte mañana volverá a las cuatro en punto a tumbarse bajo la tormenta. Algún día tendrá la grandísima estrella de beberse un rio de electricidad.